La mujer del vestido a lunares

La abuela es una mujer que brilla, es blanca y de baja estatura, aunque estimo debe haber sido tan alta como yo. A veces me impresiona tener que inclinarme tanto para abrazarla. Así son nuestros saludos: nos camuflamos en un abrazo fuerte y ella me golpetea la espalda y yo la hago sentir un poco culpable como si me doliera.
Me impresiona la situación porque se me viene la imagen de la beba que fui y esa mujer presente inclinándose para alzarme, tan bella como la azalea de su terraza, así, tan colorida. Ahora soy yo quien se agacha. Así es el tiempo, paciente y  jorobado a la vez.
La abuela tiene pelo corto, pajoso con más canas que pelo rubio. Yo le compro la tintura sin amoníaco pero como le dá alergia no se aguanta a dejarla mucho tiempo. Entonces siempre tiene canas, muchas. Y se recoge parte de su flequillo largo con una o dos hebillas clip color marrón. Su peinado es simple y clásico como el de una nena de primaria despeinada de tanto correr de acá para allá. El contorno de su rostro se disfraza de despeinada siempre, regalándome esa cabellera que se cae delante de mis ojos, como los años que se le van con el viento.
La abuela brilla y es petisa, tiene pelo corto canoso despeinado y su cara presta lugar a un lunar gigante que se acrecienta con los días. A veces temo que le invada la cara de esa superficie lijosa, empedrada y no quiero que vaya al médico porque la asustaría y la abuela no está acostumbrada a esas tensiones. A veces siento que la abuela es algo inconsciente porque el lunar es muy grande, más que ayer y con el paso de los años; lo comprobé mirando las fotos de la abuela de joven cuando ni siquiera prestaba señales de manchas en su mejilla derecha. Pero creo que la inconsciencia la hace niña y eterna a la vez. Tapar su marca distintiva con el cabello quebradizo es su manera de ocultar la imperfección. Pero con o sin lunar, la abuela es para mí la mujer más linda del cosmos entero.
La abuela tiene ojos redondos y profundos, sinceros y luminosos, como si se hundieran con cada imagen que vio, con cada pensamiento que clavó su mirada; esa tan franca y sensata. A ella no le sale ser mentirosa; yo sé de su pestañear, me doy cuenta si está triste o molesta, si se quiere ir o quedar y hasta   sus gustos al ver sus pupilas. Sus redondos color marrón oscuro son el espejo de su mal carácter. Ella es sensata pero a veces es furiosa y su voz puede espantar a los vecinos cuando le grita a sus gatos. No sé porqué se enoja tanto cuando se le meten en la cocina si ella misma los llama a que le hagan compañía.
La abuela tiene arrugas y manchas en sus manos; cada grieta le sirve para desembocar el paso de las agujas del reloj. Puede pasar perfectamente como mujer quince años menor de lo que es.  Rechaza la idea de andar divulgando su edad. Y suele pedirme cremas nutritivas para el día y para la noche y especialmente reclama el último modelo de la  anti age. Día por medio se queja porque ya no puede correr como antes. A veces le duelen hasta los lunares, pero es muy raro que lo reconozca.  La abuela es fuerza de mujer.

Lejos de ser coqueta a pesar de las cremas, viste ropa juvenil, zapatillas que no incomoden sus juanetes y pantalones o calzas que no le aprieten la panza, la que dice tener pero que camufla muy bien debajo de varias medias de nylon juntas que acumula en capas para filtrar el frío. Ella es cuidadosa, pocas veces la he visto enferma; pareciera que tanta ropa la protege de los males de afuera o tal vez sea su hermosa piel quien cuida su motor como el tesoro que lleva dentro.

Ella siempre huele a perfume de cocina y a menudo le recuerdo que una vez le compré el Channel número 5; me lo había pedido invocando a Marilyn Monroe en su dormir con tan solo dos gotitas. Pero ella duerme tan abrigada que no le queda espacio para que la fragancia a musk le toque la piel. Una noche helada la vi dormir con guantes. Por supuesto, ni se lo mencioné al despertar, ya sabemos de su mal carácter y aparte ella siempre niega tener frío a pesar de la falta de estufas a gas en su casa. A ella le bastan las hornallas encendidas todo el día.
La cocina de su casa es una habitación aparte, su mundo aparte. Ahí pasa la mayor parte del día. El tiempo pasa rápido en la cocina, donde rebalsa la carne hervida, los utensilios desparramados, las manchas de aceite en su delantal y sus gatas arriba del calefón. Suena la radio am con el botón de tuning pulverizado de harina. Todo lo que la abuela toca deja rastro en el aire: las teclas de su piano hacen eco en el patio y decoran las baldosas y las plantas. También brillan sus gritos en el pasillo que da a la calle y llenan de color sus pasos lentos y acalambrados.
Cada vez que toco su puerta – de ese vidrio nebuloso que desfigura los cuerpos del otro lado- apoyo mi llave en la parte de hierro y toco tres veces intensas. Son varios segundos de suspenso hasta que veo caminar la sombra hacia mí y se agranda cada vez más su vestido a lunares  hasta dar vuelta el picaporte y me abre con una sonrisa despeinada y celebra mi bienvenida porque justo necesitaba mi presencia para colgarle las cortinas.

 Melisa.

 

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