Se fragmenta la luna

I Oremos por las playas de rocas desiertas. Por las olas y el bendito viento caluroso de la noche peruana. Por los cangrejos a punto de mordernos los talones. Por el miedo a perderte en la marea alta.

II El miedo es tan simple como necesario. Si no tuviera miedo, no andaría caminándote así de contenta; si no fuera tan idiota, me perdería en lo injusto: el hueco cuando sonríes.

II Sobre la sonrisa tuve que escribir el relato. Fue en segundo grado. El papel secante sobre la mesa espiaba al borratintas que transparentó el cabecear de mi sueño. De a poco, dibujaba renglones con manchitas rebeldes y no recordaba ni un simple relato que me hiciera sonreír. Mientras tanto, se me caía la baba en el buzo bordó.

IV Oremos por la foto de la hamaca paraguaya, por el relato de las hormigas alzando las hojas, por el narrar de la mancha de aceite en tu remera, por la rata sobre el paredón cuando sonaba el mar, por el oso masticando mi prudencia y por el momento de mi miedo. Si me cantas un poco, tal vez se me pase.

V Yo convertiré el canto de tu presencia en selva y decoraré con moños y guirnaldas el vaivén de tus pestañas.

VI En el retrato convierto lo imposible en canción. Cuelgo el retrato sobre la pared de la casa que levanté sola. Yo sola puse el muro y me construí la casa con sillitas rosas, con estrellas fosforescentes en el techo, con los vasos que yo misma pinté. Ramona dijo: mi casa es la casa de una nena. Y suelo pensar: si crecí, ¿por qué me compré la vidriera entera de la juguetería? ¿Por qué me regalo muñecas en lugar de palanganas?

VII La nena duerme y el sol espolvorea sus cachetes. Sueña pochoclos, destroza el mal con la espada en mano, se besa pegajosa la plegaria para no despertar. Llueve sangre y está sin paraguas.

VIII Despertáte, son muchos los átomos al bailar el desierto infinito del universo. Despertáte antes que explote. Grito sangre, no te vayas. Hacé luego lo que quieras, aunque ahora somos demasiado cristal para un éter tan acotado. Es triste, pero es la realidad.

IX El abuelo explotó de tristeza cuando vio los cuerpos blancos caminar desnudos antes de que los cuervos los devoraran. Qué pena, nadie le avisó. Y eso que estaba escrito en el Evangelio de los Santos Apóstoles. Toda una vida derrochada leyendo a Bukowski. Qué pena que los cigarrillos no eran de agua bendita. Qué imprudencia los cuervos, qué poca piedad ante tanta carne limpia.

X. Mamá limpia las marcas del aparador todas las tardes. Y pienso: de nada sirve desaparecer las grietas si los vicios resisten a cualquier trapo.

 

nena y oso

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