Anna y el mar

anna y el mar

Cada vez que visito a Annita ella insiste con jugar. A la sirena, a la mamá, a la maestra, a la doctora, a todos los oficios juntos. Cuando empezamos con los monólogos decide abandonar un rol para empezar con otro. Y así, eternamente hasta que me levanto para hacer alguna que otra cosa. Ella insiste con que me quede y sus caras son extremadamente novedosas a lo largo de los días. Me asombran mucho sus planteos, y aún más ese carácter imprudente, con el sabor de un mundo enfrentado y sobrevolado. Esa es una de las virtudes que más le admiro; el arrebato. Esa hermosa manera de llevarse todo por delante, sin ningún impedimento, ese enfrentar las olas, el zambullirse sin importar la falta de antiparras, la vista arriba a pesar de los raspones, la insistencia en advertirle a la naturaleza, a los hombres, a los cielos y a los mares que ella puede más que todo y que tarde o temprano se saldrá con la suya.
Cada vez que la visito tiene algo nuevo para decir y para sorprender. Para ella siempre hay cosas nuevas por venir: un plan, un comienzo de clases, unos Reyes Magos, una Navidad, un ratón Pérez, pero lo fundamental, sus vacaciones; lo que más le encanta. Ella acostumbra contar los días para ir a la playa. A Annita le encanta el mar, no le tiene miedo a nada. Le falta el respeto, se ríe de toda su fuerza y de todo su ir y venir violento y frío. Insiste con meter la cabeza abajo del agua. Y los ojos se le convierten en cerezas de irritados porque no le teme ni un poco a toda la arena del gran bravío en su mirada. Siempre que la veo pienso en que quiero ser como es, así, como su almita redonda parando el tiempo y haciéndolo eterno a la vez, así tan ella. Empaparme de toda esa fuerza sobrenatural que la contiene y la rebalsa. Sentir la vida mojándome la piel y enjuagar las penas en el agua bien saladita, porque dicen, las heridas cicatrizan más rápido de esa forma.
A Anna le encanta bailar y sube y baja al piso y da vueltas y vuelve y se asoma para un lado y para otro. Y si para, lo hace sólo dos segundos para seguir con más energía y pide subir el volumen y después quiere fotos y también videos y me exige posar y ella posa mejor que nadie, y actúa, y es realidad completa de cinco deliciosos años de canciones y sonrisas. Insiste con las ficciones de maestra y de enfermera; de sirenita de vestido de tul y de vez en cuando le surgen otros roles. Y ella nada sola en el aire, con las manos mueve todo ese cuerpo sin parar y nada le pesa; la liviandad la identifica y la multiplica por todos los ecos, por todos los huecos y por los rincones de la casa y los paisajes que imagina.
Cada vez que la visito me voy con más ganas de más. ¿Cuánto falta para mis vacaciones? ¿Tres días, no? Me pregunta altanera y a la vez con una inocencia que la hace virtuosa y de una preciosura digna de contar. Le contesto que sí, que cuántas mallas va a llevar. No responde, sigue en su juego, me evade, me repite que sigamos jugando y es cuando siento que me quiere para ella todos esos minutos, cuestión que me llena de orgullo. Yo a la vez siento que la quiero para siempre. A veces pienso en las fotos de Annita y el mar: todo ese caudal de agua helada, todas las olas para ella, todo el movimiento imparable, incansable, insaciable, detonador. Todo el bravío infinito regalado ante sus pies, sin reloj. Y ella sabe que las olas no se van a cansar de jugar con su cuerpito. Por eso es que se entienden tan bien; entre Annita y el mar hay un par de chispas energéticas que destellan por todos lados y se giran, se extienden, no se cansan, son para siempre. Ahora comprendo todo: por más que los días se nublen,  siempre va a tener la excusa para zambullirse, para cantarle y bailarle al mundo que su nombre es y será el de la Diosa de las aguas bravas. Puedo entender aún más que la vida sigue siendo más linda porque ella está en ésta y porque los mares tienen la dicha de salpicar su magia, (la más pura de entre las cristalinas del Caribe y del mar argento). Esa cualidad de su presencia insaciable hace que el universo flote y haga  de todo el tiempo el brillo maravillando la brisa de quienes la rodean. Annita es la sirena encantadora de ilusiones, esas que siempre insisten, resisten y están por irse y venir como el movimiento de las olas. Afirmo en cada visita: todos los sueños sin cascaritas llevan su nombre. Insisto en su juego, en el paisaje de su risa: todas las penas se van en el vaivén de la espuma y toda la luz vuelve cuando asoma su cabeza y ahí está de nuevo ella, saliéndose siempre con la suya, con  esos ojos de cereza y toda la arena curando las heridas.

Melisa.

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