Infinito

Abuela: son noventa y ocho, ¿un montón, no? ¿cómo definirías toda esta vida tuya? Toda tu infancia, tus miedos por la noche, los bichos que nunca te animaste a matar, los pollos que te daba asco comer porque sabías del sufrimiento animal antes que todo. Tu adolescencia, abuela, ¿cuándo descubriste que amabas tocar el piano?, todos tus placeres, tus obligaciones, el conservatorio, tus pentagramas, los amores de tu vida que se te fueron tan pronto ¿cómo hiciste para sobrevivir a esas despedidas? ¿me contás un día algo tuyo que no sepa? Abuelita, me acuerdo cuando me agarrabas de la mano antes de empezar las clases, de tu cara haciendo tiempo mientras tejías una bufanda irregular; me acuerdo del movimiento de tus dedos cuando me enseñabas cómo limpiar las moras del árbol de las vías antes de comerlas; me acuerdo de tus tortillas de espinaca y cuando preparabas el comedor para los almuerzos: ibas y volvías mil veces por el huevo pasado por agua, el tomate, los duraznos, el té. No podía decirte que no porque ya tenías todo hecho, habías pensado en mí y en nosotras, como siempre, mientras la canilla quedaba abierta, mientras sonaba la radio fuerte como un sonido ambiente permanente. Todo en tu casa era un movimiento constante, y ahora estás ahí, abu, pero estás, en tu cama, con tus gritos un poco más bajos, con tu cuerpo recostado y la voz algo quebrada. Porque en este último año pasaron muchas cosas, ¿cuánto cambiaron las cosas, no? Te volviste a caer, ¿pero de verdad te caés, abuela? Ahora estás un poco más viejita, pero hablamos de las noticias de la tele igual. Y te enojás igual cuando alguien te molesta o cuando te cambian de canal. O cuando no tenés a mano el control remoto, o cuando no encontrás la lima en tu neceser. Porque te das cuenta de todo. Y te ponés terca si no tenés ganas de tomar mucha agua porque te lo exigimos como si fueras una nena. Ahora tu cama se sube y se baja con un botón y ahora estás todo el día acompañada.

Ya sé abu, no te quiero preguntar qué se siente ver tu casa invadida de personas que te conocieron hace poco, ya lo sé, no es lo que más te gusta, siempre disfrutaste tu soledad y ahora, perdón abu, pero necesitamos que estés cuidada y todo el tiempo. Tu piel es tan sensible, tus piernas son tan lisas pero tan débiles, tus brazos a veces te duelen si hacés algún esfuerzo, tu cabeza se marea si te mueven demasiado. No quiero preguntarte abu qué se te cruza por la mente cada vez que te dicen lo que tenés que hacer, a vos, que siempre fuiste tan independiente, a vos, que te ponías cinco pullovers como capas de cebolla y tenías toda la ropa manchada de lavandina y nunca te importó el qué dirán. A vos, que llegaste a tener la casa invadida de gatos sin importar lo que pensaran los vecinos. A vos, que todo lo hiciste con amor, como cuando te ibas volando a casa porque te necesitábamos. Para cocinar albóndigas, para hacernos el Nesquik, para ver los cuadernos con la tarea para el hogar o simplemente para acompañar. Abuela, ¿cómo es llegar a los noventa y ocho? Abuela, ¡son casi cien!, ¿casi cien años, abuela? Ya no sé qué regalarte, ¿qué te gustaría? Siempre pedís alguna crema para la cara o bombones de fruta o amarettis. Hoy te llevo algo de eso; alguna malta, un vino tinto, algunas uvas, higos en almíbar, algunas flores. Abu, claro que me acuerdo de tus regalos, el librito está escondido en la cajita, no me olvido, es nuestro secreto, gracias. Por el vestido también gracias y por la polera roja que me ponías siempre de abrigo cuando era una nena; gracias por los cuentos de Poldy Bird y por Platero y yo. Gracias abuela por el olor de tu casa, por decirme “qué bueno que viniste” cuando me ves, por pedirme que te peine y que te acomode la almohada. Gracias por decirme “agarrá, agarrá” cuando sacás de abajo de las sábanas tus caramelos escondidos. Por recordarme que estás más viva que nunca cuando llamás a cada rato a tus compañeras incondicionales, tus gatas Lupe y Emi. Gracias por acariciarlas así y por gritarles para que se bajen o se suban, a tu gusto, ¿vos viste el amor cuando te miran esos animales? Abuela, ¿te dije que nunca me voy a cansar de hablar de vos? ¿cómo es que puedo dejar de sentir este orgullo infinito de tenerte? Cuidate abuela, dale, comé frutas, tomá agua. Hacé caso. Ponete alcohol en gel. Perdón abu, otra vez. Y gracias por responder cuando te hago mil preguntas poniéndote a prueba. Que cuántas cuerdas tiene una guitarra, que cuál es la capital de tal país, que si te acordás que estamos en marzo, de las fechas nuestras. Extraño que me llames a la oficina, abu, y extraño esperarte en la puerta y verte tras el vidrio caminar hacia mí; extraño tus tortillas finitas y tus bizcochuelos cortados en cuadrados. Extraño tus zapatillas llenas de pelos de animal blanco, extraño todo el desorden tu casa, te extraño a vos en la terraza regando tus plantas, extraño tus letras cursiva, las listas del súper y la imagen tuya baldeando el patio. Pero estás, y pasa el tiempo y a tu modo y de donde sea, sacás la fortaleza. Gracias por sorprenderme cuando me preguntás por mi espalda, ¿cómo te acordás todavía?, ¿cómo te acordás todavía a veces de esos vals y de la canción de Lolita Torres? Gracias por acordarte de mi nombre y por decir “mi nieta” con orgullo. Gracias por tu cuaderno y esos intentos de palabras temblorosas, gracias por tus mensajes ocultos. Son noventa y ocho abu, sos increíble. ¿Cuáles son tus deseos abuel? Hoy tenés que pedir tres. Pero bueno, pedí los que quieras, aunque sea solamente uno. Feliz y acompañado cumpleaños abuela. Te quiero, te amo, te admiro, te agradezco toda tu vida y tu enseñanza. Abuel, ¿te dije que sos grande grande? ¿te dije que pienso en vos cada mañana y en todos los trenes y cada vez que me cuesta creer en algo? ¿te dije que creo en vos? ¿te dije que nuestro amor es para siempre?

 

herencia

El año pasado revisando cajas viejas encontré en la casa de la abuela un vestido. Blanco. De encaje. Hermoso. ¿Qué es?. Me preguntó porque no tenía idea lo que tenía guardado en el placard. Quedatelo, me dijo sin dudarlo. Mirá qué lindo género, es para vos. El vestido se lo hizo su mamá, mi bisabuela era una genia cosiendo. Me dijo que se lo había hecho para una salida al Colón con José. Yo sé que la abuela está cerca de los cien pero confío en su memoria de cristal y hierro a la vez. Hoy, cuando me vio con el vestido se acordó. ¡Te lo pusiste! ¡Qué hermoso! Y sonrió con la ternura que me imaginé toda la mañana pensando en que iba a caerle con la sorpresa. Después nos pusimos a charlar de lo de siempre: las noticias de la tele, la enfermera, el cambio de clima, mi sobrino, las gatas. Mientras tomábamos un cafecito le pregunté qué tocaba ella en el piano cuando era joven. Mozart, Beethoven, de todo, me dijo. Y entonces agarré spotify y le puse el auricular mientras sonaba “La Marcha Turca”. Se quedó mirando al infinito. Me decía qué maravilla y movía su cabeza y sus dedos. Lentos los movía y tarareaba tan dulce. No lo podía creer ¡Hacía tanto que no escuchaba! Yo me quedé tan feliz de recordarle la música de sus pasiones que no te explico. Cuando volvía en el tren me puse a Spinetta. Y me acordé de la imagen de su cara mientras escuchaba. La canción de mi vuelta a casa decía algo así como “la condición de sentir casi todo sin decir”. Mi abuela me deja un vestido, me deja un amor, mi abuela me está dejando todo.

 

setenta

A los setenta sigue levantándose a las seis y media para ir a trabajar. A veces se duerme tarde si es que hay un duelo importantísimo en Showmatch. Estoy segura de que lo primero que hace al despertar es acariciar a su perra, el verdadero amor de su vida. Ella dice que Mamba es su compañera más fiel, que es la única que se pone contenta cuando la ve, cuando vuelve; la que se pone triste cuando se va. Será que le recuerdo poco que yo también me pongo contenta al verla juvenil con sus calzas y zapatillas Nike, o cuando se queda horas en la orilla del mar de Punta Mogotes para sentir las olas y el aire fresco de Mar de Plata, su lugar en su mundo feliz. Mamá vive con miedo y con una botellita de agua en su cartera por si las dudas. Mamá tiene una ansiedad descomunal y yo la vivo retando porque es así, por sus angustias, o porque no respeta las cadenas de mails en el trabajo, porque completó mal el excel, porque no bloquea el celular cuando termina de hablar. Vivo corrigiendo sus actos como una maestra ciruela. La reto para que no tome tanta Coca Cola y para que no coma tanto pan. La reto porque sale poco a caminar, la reto porque se hace mala sangre por muchas cosas, porque siempre el vaso medio vacío, porque vive angustiada la dura pero hermosa vida de su madre de casi noventa y ocho. La reto porque sabe que nos tiene a nosotras, y sin embargo, siempre un pero, los domingos, el encierro, la poca compañía. Mamá llora poco o se guarda todo y a veces estalla y le duele la nuca, le sube la presión. Pero a los setenta parece diez años menos, disfruta de la locura por la perra junto a mi hermana, desea verlo a su nieto aplaudir su velita, lo ama y lo espera con postrecitos en la heladera; a los setenta se sigue yendo a Mar de Plata sola porque el mar puede más que cualquier soledad, me sigue teniendo en cuenta para todo, va al médico cuando la obligo, compra Coca Cola light, abre y cierra la oficina desde hace años, tiene las manos lindas y el pelo largo lacio y cuando sonríe lo hace hasta llorar. Mamá tiene una medalla en el cajón que fue el premio a la mejor alumna y tiene el trofeo a la mejor hija (y no por ser la única). La abuela es porque está ella, que hace lo que puede pero es mucho. Mamá nació un 20 de diciembre de 1949. Uf, ¡hace un montón! Mamá siempre estuvo orgullosa de nosotras tres. Y nosotras tres de ella. A pesar de que se lo recuerdo poco. Pero hoy es su día. Mamá siempre me recrimina que nunca le escribo nada; ella también me reprocha cosas. Así vivimos. Yo espero que hoy pida sus tres deseos soplando la velita arriba de un kilo de helado de Rita. Espero que se le cumplan todos, porque siempre se los merece. Espero que sepa cuánto la quiero, que sus setenta me movilizan un montón, espero que sepa que siempre voy a estar para ella, que nunca va a estar sola. Que nos tenemos. Que no es poco. Feliz cumpleaños, Juani, gracias por todo.

 

Noventa y siete

La abuela es fuerte. A veces me cuesta escribirla, me duele escribirla, tal vez, no se. La abuela se aferra a su cama, a sus gatas Lupe y Emi, las que quedaron después de tantos. La abuela a veces tiene bronca pero es fuerte y a veces se olvida de todo lo que pasa alrededor cuando mira las aventuras de El Zorro o cuando me pide le acerque la planta que le regalé cuando todavía era ella quien la regaba y me dice qué linda que está. La abuela piensa en lo que no puede, en lo que pudo, en lo que no va a poder. La abuela fue joven, hermosa, creativa, fue una artista, una mujer con dolor, fue la profesora de música más querida de Villa del Parque, una señora fuerte, sin miedos. La abuela sobrevivió. Fue una madre sola y luchadora y después nos cuidó más que a ella misma, y nos cocinó y nos preparó albóndigas y helado de frutilla y pensó en nosotras mil noches y nos llevó a los cumpleaños y a inglés particular y fue a las reuniones del colegio porque mamá tenía que trabajar . Y todos los días de su vida nos amó a su modo, sin tanta palabra de afecto pero con el gesto sagrado de pensar en lo mejor para las cuatro y supo siempre que las cuatro fuimos y somos casi un mismo cuerpo. La abuela me enseñó más de lo que ella piensa. No me enseñó a tocar el piano porque no tuvimos paciencia pero sí a querer a las libélulas, a no tener faltas de ortografía, a valorar lo pequeño, a pasarle un algodón húmedo a las hojas de las plantas interiores, a buscar en el diccionario, a encontrar sinónimos y también me enseñó a hacer ñoquis de papa y saber que más que el decir es el hacer y me enseñó eso de que cuando no puedas correr, trotá; cuando no puedas trotar, caminá; cuando no puedas caminar, andá más lento, pero nunca nunca te detengas. La abuela nació hace (hoy) noventaysiete y cómo le cuesta. Ella sabe de la vida más de lo que no dice y escribe las letras del abecedario en la libreta para no olvidarse de nombrar. También escribe su nombre en todos los renglones, Juana Elena Scanavino, Juana Elena Scanavino y así. La abuela duerme mucho y sueña seguido y a veces se levanta y canta do re mi fa sol la si y de repente se da cuenta de que está en su cama, otra vez, como todos lo días, y mueve los dedos y llama a la gata para que se acomode sobre su corazón, que late, que sigue latiendo, que pesa. La abuela es el centro de nuestra familia, ay, si ella supiera todo lo que nos pasa, que el miedo nos acelera, que somos más frágiles de lo que creemos. La abuela se ríe sólo cuando ve al Mumi que es pura vida y que la abraza y que la besa y que la muerde cuando se le pone encima y la lastima de amor; la abuela cambia la cara cuando lo ve, se olvida de su cama, del tiempo, de sus huesos débiles, de lo malo de la vida detrás de su puerta. A veces quisiera cambiar sus modos, quisiera su calma, la que nunca tuvo, quisiera matar todas sus manías. Pero ella es toda así, frontal, peleadora, nerviosa, vieja loca, ella es sana, pura. La abuela vive, es nuestra. La abuela me duele, me moviliza. La abuela es fuerte y la celebro. Celebro su vida, que es todo lo que quiero para ella, su salud, su bienestar. Celebro su tiempo, su sabiduría. Celebro sus noventaysiete, que son muchos, son muchísimos. Celebro que hoy pidió sus tres deseos junto a nosotras y me muero por saber cuáles habrán sido. Yo deseo que sus 97 los cumpla muy fuerte y que se cumplan sus deseos siempre, siempre, porque la amo y porque siempre le voy a estar agradecida.

Mi foto con Cristian Castro

Todas tuvimos alguna vez un momento fan. Cuando estábamos en tercero polimodal (?), cinco pibes (uno con pinta de francés, otro que tenía un hermano mellizo pero menos talentoso, uno que tenía una voz de cantante de ópera, un negro, y otro simpaticón con nombre de algo que venden en la carnicería pero nunca comí) ganaron un programa que se llamaba Popstars. Los Mambrú se presentaron en el Shopping Devoto, que era el centro comercial más zarpado que se había inaugurado cerca de casa (después del Plaza Park Shopping y del Del parque Shopping, en Villa del Parque, claro). Entonces, esa tarde, faltamos al colegio para verlos. Desde una terraza saludaron, a nosotras, sí, Milton apuntó sobre nosotras (eso creíamos) y nos sentimos maravillosas. Mucho antes, mis amigas y yo habíamos sido fans de Caramelito en barra y sabíamos todos los pasitos de las coreografías: “Hoy salió el sol/ tuve ganas de buscarte/para saber/si quería vos contarme/qué te pasó…”. Ni hablar de Chiquititas y el libro de la vida de Belén cuando se presentaban en el Gran Rex. Ir era la gloria y podíamos sentir que los sueños se iban a hacer realidad sólo porque lo decían ellos: “Si vos querés/ podés”, cantábamos al unísono con una mano en el corazón, como si fuera un himno.Tiempo después, una tarde estuvimos un rato largo en la puerta de un boliche con una amiga, para entrar y escuchar a modo de primicia el disco Azul de Cristian Castro. Éramos todas un grupo de gente desconocida que escuchaban, una detrás de otra y en orden, las canciones del compact disc que iba a salir a la semana siguiente (sí, por primera vez oímos “Lloviendo estrellas” y decíamos esta sí está Re buena) y que tendría en la tapa a un Cristian renovado, platinado; el mismo que después grabaría el emblemático video corriendo en la playa, con el tatuaje de una figura que nunca supimos bien qué era. Ojo, la variedad siempre fue algo característico del grupo porque también logramos entre todas, tener una buena colección de casettes y memorables CDs: Grupo Santa Marta, Montecristo (!), La Cumbia, Gastón Angrisani, Los Ángeles Azules, La Nueva Luna, Grupo Green, Red, Blue, Gilda (se conseguían en la disquería de Rodríguez Peña; siempre había alguna novedad, eran bastante económicos para la época y sino, para los más pop, teníamos que ir al Musimundo del ya mencionado shopping de VDP, viajando antes en el San Martín). Éramos chicas del conurbano, lindas y contentas; muy musicales. Algunas de nosotras armaban los propios grupos de Spice Girls (estaba bien claro quién era Emma y cuál Gery, por ejemplo) y cada cual amaba a un BSB en especial. Yo no me repartía por el amor de Nick porque me encantaba el menor de los Hanson. En Avenida La Plata, no la de Capital, sino la Avenida La Plata de verdad, la de Santos Lugares, había una señora que tenía un local que hacía remeras con fotos y muchas de nosotras mandábamos a hacer alguna; esas se tenían que lavar poco porque si no, se podían desteñir. Todo antes había marcado un hito cuando en el noventa y cuatro el propio Diego Torres dio un show exclusivo en el Ateneo Manuel Dalzón y cantó “Tratar de estar mejor”, cuando todavía no era ni siquiera un hit para los vídeos de quinto año. Hasta el mismísimo Abel Pintos se presentó en nuestro colegio cuando no lo conocía ni León Gieco ni La Sole. Y nosotras, estábamos ahí, en primera fila. Un día, armé un fans club de Ricky Martin que se llamaba “Nada es imposible”. Éramos tres y hasta nos habíamos hecho las credenciales forradas con contact. Con poquito éramos felices. Teníamos la ilusión de verlo algún día, aunque cuando vino gratis a cantar en la 9 de julio no fuimos no sé por qué (esas cosas de las que arrepentís para siempre). A Luismi lo vimos de grandes,varias veces en Vélez y siempre decíamos que iba a ser la última porque había cantado re poco y siempre lo mismo. Pero la vez siguiente, íbamos a ir igual, porque era Micky y no podíamos dejar pasar la oportunidad. Con mis amigas tenemos muchas cosas en común, un montón de flashes, de bailes, de jeans de Kosiuko, de rosarios flúo, varios sabores de Impulse (incluido el limited edition de las Spice), un montón de realities shows, varias finales juntas. Siempre firmes con Popstars, con los Operación Triunfo, desde la temporada de Claudio Basso hasta la de ya no sabemos quién ganó. Será que fuimos somos y seremos fans de nosotras. Fuimos nosotras las estrellas del pop, de la cumbia y de las canciones latinas. Cómo me voy a olvidar. City Hall. Soul Train. Los asaltos. Los Chakales. Amor amor amor. Los bailes en el colegio. El barrio. La esquina. El tren. Quiero que me vuelvan a mirar tus ojos. Siempre seremos las reinas del ritmo.
En la foto, sólo algunas de nosotras, con Cristian Castro (real) muchos años después y hace algunos cuantos.

Hay que quererse más

Nunca antes me había interesado por la medicina preventiva. Hasta que un día supe de casualidad que tenía tres aneurismas cerebrales. Toda una novedad. Por ahí siempre estuvieron, por ahí se quedan ahí quietitos y nunca pasa nada, por ahí un día se te rompe alguno y sangra y no la contás. Esas eran las opciones, ¿Qué harías si sabés que tenés algo así que por ahí jamás te genera ningún síntoma o ninguna complicación o tal vez sí? Nunca antes me había hecho la pregunta.
A los quince años mi columna se empezó a torcer y no tuve mucho tiempo de pensarlo ni de hacerme muchos cuestionamientos. Primero, me tuve que operar porque mi médula estaba anclada y después tuve que pasar por una cirugía inevitable porque los dolores eran tan fuertes que no me permitían ni respirar con normalidad. Ahí sí, si no me operaba, tal vez algún día ya no iba a poder caminar más. No exagero. La escoliosis era tan zarpada que no me quedaba otra. Tenía que corregir la curva y pasar por esa operación que fue como un taller mecánico en una carnicería- quirófano. Me decidí porque no había opción. Agradecí a la vida porque desde ese día fue un antes y un después. Luego de once horas con un equipo de médicos -súper capos- martillando y acomodando vértebras quedé como nueva y con una postura envidiable de bailarina clásica. Hago una vida normal, estoy apta para tener hijxs y la operación hasta me hizo un poquito más alta. Primer punto: un diagnóstico temprano de escoliosis puede llegar a prevenir la cirugía zarpada. Segundo punto: un diagnóstico general también puede prevenir otros problemitas, como el mío reciente: los famosos aneurismas. Esa palabra asusta porque creo que entendemos mal el concepto. El aneurisma es mortal o puede generar un diagnóstico grave si sangra, si explota, si se rompe. Pero si nada de eso pasa antes, se puede solucionar. O mejor dicho, se puede prevenir un mal trago. ¿Cómo? Atravesando una cirugía que consiste en un cateterismo por medio del cual te colocan un stent para reparar ese globito de sangre. La decisión descansaba en pasar o no por una intervención así, leve, con poco riesgo, pero que no deja de tener cierta entidad porque requiere internación de tres días; uno de ellos en terapia intensiva, una medicación especial por seis meses y controles esporádicos. ¿Hace falta todo eso cuando por ahí nunca te pase nada? Me preguntaba mi familia, preocupada. Y, bueno, sí. Para mí sí hacía falta. O peor la pregunta ¿Hace falta pasar por esto otra vez, teniendo en cuenta que ya me operé los dos aneurismas del lado derecho y sabiendo que la medicación me causó una hemorragia digestiva que me dejó internada de urgencia un fin de año?
Sí. Lo hice otra vez.
El jueves me reparé el aneurisma del lado izquierdo, era mínimo pero no por eso con menos posibilidades de algún día generarme un problemón.
Lo hice otra vez.
Fui a la clínica por mi propia voluntad. Los médicos otros súper capos. Yo orgullosa de haberla pasado. Soy valiente, al menos para esto y no me da vergüenza decirlo. Ahora tengo la postura de una bailarina clásica y la sangre que fluye por donde tiene que fluir. Yo le voy a contar a mis sobrinos que siempre hay que hacer todo lo que se pueda para sentirse uno bien. Y para hacer sentir bien a los demás. Cada cual elige qué hacer con su cuerpo. Mi cuerpo es libre, tan libre que siempre hizo lo que se le antojó, a mi gusto y voluntad: lo adorné; le puse clavos, barras y stents. Aclaro: no sueno en los aeropuertos.
Lo hice otra vez y otra vez agradezco a todos los que estuvieron a mi lado y que apoyaron mi decisión de ir por el camino menos fácil.
Ahora todo está en su lugar, soy una piba contenta.
Eso nomás: cuídense, escuchen a sus cuerpos, defiéndalo ante las circunstancias.
Está bueno quererse mucho.

 

Donde haya lugar, el primer libro de Diana Danessa

Los pájaros se guardan

en los árboles

o en la nubes,

donde haya lugar.

Así empieza Diana su poemario. Donde haya lugar, como proclamando una respuesta o una verdad, como si ese “donde haya lugar” fuera una urgencia de habitar, donde sea, pero habitar en ese lugar en el que empieza a volar la poesía.

A Diana siempre le gustaron los pájaros, o al menos eso creo desde que la conocí hace dos años cuando nos cruzamos por primera vez en el taller de Gaby. Y creo, después de leer este pedacito de su vida que es este libro, ella también es un poco pájaro, una mujer pájaro que desea habitar allí donde haya lugar.

Cuando leo este libro, me dan muchas ganas de que me lleve de visita a Bolívar para que me muestre la casa que fue de su abuela y que me muestre cuál era la vereda de la casa de su infancia y que caminemos por esas calles quietas y solas de su pueblo que la vio crecer. Ese pueblo donde ella habita aún a través de la distancia, ese que me hace conocer cada vez que trae sus textos para compartir en el taller.

En Donde haya lugar, Diana habla de la ausencia que es pasado, presente y futuro. Ella no escribe sino es anticipando lo que viene o lo que desea; siempre imagina el resto, porque desde el comienzo está pensando a dónde se van a guardar los pájaros, como si le importara nada más y nada menos que el resguardo, el cobijo de esas aves. Ahí está la respuesta, en el verso más hermoso que pudo haber elegido como título para este libro.

Yo me pregunto entonces, ¿dónde habita esa mujer pájaro que se resiste al paso del tiempo y que transita el dolor cuando llega la noche?

Podría decir que Diana habita en la casa de su abuela, en ese patio común, en esa cocina tomando mate cocido con leche, habita en los ojos azules de Trini, en sus manos de pianista. Tal vez también en la casa de su infancia donde vivían todos juntos, en sus padres. Pero ella además habita en la cotidianidad de las noches acompañadas pero solas, en los silencios, en la cena, en un café, en un juego de cartas, en la espera de un llamado telefónico para decir adiós, en la cama. Donde haya lugar, siempre. En lo cotidiano que es tan cruel como amoroso, tan difícil como necesario. Así lo siento en este libro.

Ahí es donde Diana encuentra su lugar, en la noche: el momento de la vigilia, ahí donde se pregunta: ¿quién se hace pasar por mí a esta hora de la madrugada? Como si fuese otra que no es ella la que transita la oscuridad, como si no pudiera hacerse cargo de todo ese peso que se le viene cuando la tarde cae, cuando quiere meterse en la cama e intenta desaparecer.

Pero lejos de irse y hacerle caso a su deseo,  aparece su  palabra para contarlo, para transitar el vuelo y para vivir ese simulacro de liberación, que menciona en uno de sus poemas.

Gracias que está Diana, esta escritora- poeta -pájaro, para ponerle cuerpo a la ausencia de la infancia que se cuenta en el presente de la noche y que duele en el deseo de esa mujer que se quería casar cuando era la niña a la que no le gustaban las hortensias y que nombra a esos hijos que no tiene para ganarle al miedo cada vez. Porque ella bien dice esas verdades que no solemos pensar pero que nos recuerdan lo inevitable, lo que duele: morir no es fácil.

Porque ella nos dice:

Morir no es fácil.

Antes tengo que hablar con mi madre

comer las almendras

comérmelas todas

y leer al azar

un poema de Carver.

 

Fumar un cigarrillo

mirar por la ventana

la fila de los autos

las hojas del otoño

cubrirme los hombros

con un saco de lana

y esperar

a que encandile el sol

sin parpadear.

 Yo le agradezco a Diana por confiar en mí para que la acompañe hoy, pero principalmente le agradezco a ella  por la compañía de este libro, que me hace creer que siempre va a haber un lugar donde sentirnos menos solos y porque de ahora en más, cada vez que vea a un pájaro me voy a acordar de su mirada y voy a saber que ellos van a dormir tranquilos, en los árboles o en las nubes de la noche cuando todo tiemble y suene el despertar de la poesía que hoy se celebra con este libro.