Lo que sangra

Las chicas que sangran así
saben lo que quieren.
Si no, por qué dejarlas al desnudo, moverlas sin permiso a la hora imprevista. Para qué
buscar el motivo y dejar que hagan de su cuerpo, como el mío, un papel y dibujar en él una figura que desconozco en el medio de un desierto lleno de agujas, o convertirme en un perro muerto de sed, o en una mujer triste que espera los pasos de sus queridos.
Claro que las chicas que lo hacen así
saben lo que quieren y muy bien.
Las que sangran de esa manera lo tienen claro y por eso tiemblan con los ojos bien en alto, aunque se vean las heridas, ellas siempre, tan valientes.
Porque saben que la sangre fluye y vuelve siempre a acostumbrarse al río. Porque sé, como las chicas que saben sangrar, que todo se acomoda otra vez, con las miradas y las voces como las que vinieron a mí en forma de movimientos en el aire a tranquilizar el tiempo.
Es el amor el que transforma las sustancias, las plaquetas, o lo que sea que tenga que ser.
Siempre supe lo que quiero y acá estoy, agradecida, por todo lo que cura, por todo lo que sangra, que es compañía, que es el amor, todo lo que no hiere. Y está adentro. Y rebalsa.

Super-vivencia

Cuando era chica, la salida del mes era ir al banco con la abuela. Claro, ella nos llevaba de paseo a Villa del Parque; cobraba la pensión y después, nos compraba un cuarto de bombones de menta a cada una y luego nos llevaba a la confitería La Unión a tomar licuado con sándwiches de miga de queso. Siempre nos dio todos los gustos. Ahora, soy yo quien la lleva al banco. Es casi su única salida cada tres meses. Tenemos que ir para hacer el trámite de “la supervivencia”. Y le cuesta, claro. Entramos, bien despacio, todo el mundo la mira con cara de amor y ella sonríe con cara de dolor de piernas, pero sonríe. Yo la siento, rodeada de otros muchos, y ella me espera y no me quita los ojos de encima. Mira, con cara de preocupada a las otras señoras que pasean con bastón y me hace gestos a la distancia que yo sola entiendo. Me espera. Sus piernas cuelgan del piso, como cuando la esperábamos nosotras hace varios años. Al llegar mi turno, la ayudo a pararse, le cuesta, llega, firma, pregunta ¿ya está? . Sí Abu, listo, le contesto. Yo por dentro pienso: ¿la ven?, miren lo hermosa que es. Y así nos vamos, de la mano, con sus miedos y con el trámite cumplido. Yo soy feliz porque ella no para de contemplar la cantidad de jacarandaes florecidos y me dice: “mirá ese, mirá ese otro, mirá qué linda la plaza”. Y así todo. Así “súper vivimos”. La supervivencia es de los trámites más lindos que me gusta hacer.

hoy reino

Estoy en la barra de un bar con el objeto libro. La gente pasa delante del vidrio y estoy inmóvil. Lo miro y es como si estuviera adentro de un círculo queriendo gritar. Pero entonces pienso que ya grité, que lo escribí ahí adentro, en ese objeto libro que no puedo dejar de tocar mientras la gente pasa. Tiene mi nombre, es como lo soñé. Es un pedacito de mí que se transformó, que gira. Hoy conocí al reino que me creé. Está acá, conmigo. Pienso en tantas cosas pero mejor, le saco una foto, lo abrazo y le doy la bienvenida con el amor que lo escribí.

La lista del súper (amor)

Suena el teléfono en la oficina. Atiendo y es la abuela que llama para decirle a mamá lo que debe comprarle en el súper. Hace ya muchos años que la abuela no sale de su casa pero ella es feliz en su mundo.
Yo te tomo el pedido, abu, le dije. Tomá nota, me dice, con su voz de tener la libretita en la mano y la memoria bien fresca:

-Bizcochitos de grasa Don Satur (para convidarle a Caro, que la ayuda los sábados con la limpieza).
-Anillos de Terrabusi (para convidarnos a nosotras, sabe que son los nos gustan).
-Galletitas Granix sin sal (y sí, es hipertensa, no se puede evitar a los 94).
-1/2 docena de huevos (de los cuales comerá sólo las claras, lo sé, porque la yema le cae mal).
-Vino Toro en caja (me dijo que no pide botella porque le cuesta mucho sacar el corcho y al cartón es más fácil abrirlo).
-Atún (la cena para Lupe y Emi, sus gatas más preferidas)
-2 sobrecitos whiskas (para Linda, la gata que pasa por su casa solo a comer)
-1/2 kg de banana (estimo, para evitar los calambres).

A veces me pregunto cómo será no tener contacto con el exterior, pero la abuela me hace creer que tal vez no haga falta, que lo más lindo está adentro y que el amor a veces puede tener la forma de la lista del super. La poesía está en todos lados y hace un rato se hizo cuerpo en mi teléfono.

La perra y la luna

La semana pasada se perdió una gata de la abuela. La Blanca, se fue. Entonces fuimos a las casas de las vecinas para ver si la veíamos en terrazas ajenas. Cuando entramos en lo de Mari, nos presentó a su perrita nueva. Una viejita enana blanca divina, de esas que tienen todos los dientes para afuera. Mari nos dijo que la había encontrado en Ciudadela cruzando la calle, quince días atrás. Le puse Luna porque la encontramos de noche y había una enorme, dijo. Ahí quedó. Ayer mi hermana vio en Facebook la publicación de una chica desesperada buscando a su perra. La foto mostraba una viejita blanca divina con los dientes para afuera. No lo dudamos: mi hermana fue a tocarle la puerta anoche. Mari no dudó en llamar a la dueña. Al rato se encontraron. La perra se llama Luna; ese es su nombre original además del adoptivo. Nosotras seguimos buscando a la gata Blanca. Yo pienso que todo está escrito y que cada cual encontrará a quien busca si cree en el universo. El universo es una gran red social. Todos tenemos amigos en común. Colorín colorado.

El niño observado

 

Siempre me pregunto cómo habrá sido la infancia de aquellos que la vivieron en dictadura. Un día, conversando con un amigo que nació en los setenta, hablamos de esto. Él me dijo que a menudo le pasa eso de tener que preguntar por fechas de cumpleaños familiares, por ejemplo, porque en su casa solía pasar eso de anular los recuerdos, cualquiera que sea. Algo así como una cultura de “mejor no recordar”, o “mejor no preguntar”.
Ese día le pedí que me prestara cuadernos escolares o revistas, o cualquier cosa que hable -de algún modo- de su niñez.
Él buscó y encontró apenas unos boletines y unas fotos. Y me aclaró que los cuidara porque era lo único que le quedaba de esa etapa.
Con sus tesoros, yo hice un collage. Porque me parece que es obligatorio preguntarse por esas épocas, construir desde los recuerdos, vivir con memoria. Esta obra se llama “El niño observado. Memorias de la educación en los setenta” y se lo hice a mi amigo, con mucho cariño.

“OBSERVADO por no acatar las órdenes”, “OBSERVADO en formación”, “OBSERVADO por indisciplina”, “OBSERVADO por permanecer en el aula durante el recreo”, “OBSERVADO por libreta sin firmar”.

los niños crecen ( y otras cosas también)

Con Annita nos encanta jugar a la bibliotecaria. El otro día, en pleno acting, pidiéndole que buscara en su repisa algún libro de poesía, se acordó: “¿te acordas del poema que te hice de las hormigas?, voy a hacerte otro ahora”. Ok, dije. Mientras, me pedía que no la mire y en un minutito ( así tan apresurada como es ella) me dio esta hoja.
Esto de que el sol crece me volvió loca. ( sepa entender lector, le pifió la C, pero la nena tiene seis años).

Emi y el mismo amor

Emi interrumpe nuestra charla. La abuela me dice que así siempre. Que se le pone encima y que camina -sin moverse- sobre ella. Que es la manera que tienen los gatos de marcar territorio, de demostrar el amor. Nosotras seguimos hablando, el cuerpo de la abuela inmóvil, cruzado de brazos. Se da cuenta que le saco la foto. Sonríe. No soy celosa de la gata, creo. Las dos la sabemos querer. No habría otra manera de encontrar el amor más que cerca de su corazón. Qué animal más afortunado, pienso. Mientras suena la tele a todo volumen, la gata reposa sobre su pecho y nos mira atentas. También conversa a su manera. Para Emi la abuela es todo. Para mí también.

Del recuerdo de abril

Hace más de cinco años que no vimos más a Horacio. Trabajaba en la oficina. Era compañero de mamá desde jovencitos, cuando empezaron en la otra empresa. Él había comenzado haciendo trámites, justo cuando se lo llevaron a Malvinas. Yo siempre hablaba con Horacio del tema y le dolía mucho. Me contaba de la esquirla que le había quedado en la rodilla, del compañero que murió por salvarlo a él, de la comida que era escasa, de las cartas que le mandada a los compañeros de la oficina, de los chocolates que nunca llegaban. Cada vez hablábamos de los kilos que había perdido, “era piel y hueso” decía sobre su regreso a Campo de Mayo y de los compañeros con los pies congelados. Me hablaba siempre también de su madre y del gran disgusto. Delante de él me daba vergüenza quejarme del tonto frío de Buenos Aires. Las últimas veces me había contado que tenía pensado escribir un libro junto con los compañeros camada 63 con los que frecuentaba en un club de La Paternal. Él decía que sólo ellos sabían de lo que hablaba. Siempre respondía mis preguntas, fumaba mucho, muchísimo; hablaba de su hija con orgullo y era fanático de Boca y de Mar del Plata.
Un día Horacio no vino más. Sin aviso. Y yo creo que le dolía mucho todo. Le dolía el recuerdo , el presente. Un día apagó el celular y no supimos más nada. Nunca nos dijo dónde estaba y el porqué de su decisión. Entiendo, no tenía que darle explicaciones de nada a nadie.
Todavía guardo una copia de esa carta en la que le escribía desde la isla a mamá y a sus compañeros de oficina: decía que iba a volver pronto, que lo esperen, que estaba entusiasmado porque iba a viajar en barco, que era el único medio de transporte que le quedaba por conocer.
Espero cruzarlo algún día y decirle gracias. Espero que esté mirando el mar junto a su hija, que haya encontrado el lugar cálido en su vida. Espero que haya escrito ese libro y que esté fumando menos, por su salud. Y deseo que ojalá le esté doliendo mucho menos todo.
Me acuerdo de Horacio a menudo, pero mucho más los 2 de abril. Y ahí yo sé que me equivoco: a Horacio y a todos nuestros héroes los debemos abrazar todos los días.