hoy reino

Estoy en la barra de un bar con el objeto libro. La gente pasa delante del vidrio y estoy inmóvil. Lo miro y es como si estuviera adentro de un círculo queriendo gritar. Pero entonces pienso que ya grité, que lo escribí ahí adentro, en ese objeto libro que no puedo dejar de tocar mientras la gente pasa. Tiene mi nombre, es como lo soñé. Es un pedacito de mí que se transformó, que gira. Hoy conocí al reino que me creé. Está acá, conmigo. Pienso en tantas cosas pero mejor, le saco una foto, lo abrazo y le doy la bienvenida con el amor que lo escribí.

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La lista del súper (amor)

Suena el teléfono en la oficina. Atiendo y es la abuela que llama para decirle a mamá lo que debe comprarle en el súper. Hace ya muchos años que la abuela no sale de su casa pero ella es feliz en su mundo.
Yo te tomo el pedido, abu, le dije. Tomá nota, me dice, con su voz de tener la libretita en la mano y la memoria bien fresca:

-Bizcochitos de grasa Don Satur (para convidarle a Caro, que la ayuda los sábados con la limpieza).
-Anillos de Terrabusi (para convidarnos a nosotras, sabe que son los nos gustan).
-Galletitas Granix sin sal (y sí, es hipertensa, no se puede evitar a los 94).
-1/2 docena de huevos (de los cuales comerá sólo las claras, lo sé, porque la yema le cae mal).
-Vino Toro en caja (me dijo que no pide botella porque le cuesta mucho sacar el corcho y al cartón es más fácil abrirlo).
-Atún (la cena para Lupe y Emi, sus gatas más preferidas)
-2 sobrecitos whiskas (para Linda, la gata que pasa por su casa solo a comer)
-1/2 kg de banana (estimo, para evitar los calambres).

A veces me pregunto cómo será no tener contacto con el exterior, pero la abuela me hace creer que tal vez no haga falta, que lo más lindo está adentro y que el amor a veces puede tener la forma de la lista del super. La poesía está en todos lados y hace un rato se hizo cuerpo en mi teléfono.

La perra y la luna

La semana pasada se perdió una gata de la abuela. La Blanca, se fue. Entonces fuimos a las casas de las vecinas para ver si la veíamos en terrazas ajenas. Cuando entramos en lo de Mari, nos presentó a su perrita nueva. Una viejita enana blanca divina, de esas que tienen todos los dientes para afuera. Mari nos dijo que la había encontrado en Ciudadela cruzando la calle, quince días atrás. Le puse Luna porque la encontramos de noche y había una enorme, dijo. Ahí quedó. Ayer mi hermana vio en Facebook la publicación de una chica desesperada buscando a su perra. La foto mostraba una viejita blanca divina con los dientes para afuera. No lo dudamos: mi hermana fue a tocarle la puerta anoche. Mari no dudó en llamar a la dueña. Al rato se encontraron. La perra se llama Luna; ese es su nombre original además del adoptivo. Nosotras seguimos buscando a la gata Blanca. Yo pienso que todo está escrito y que cada cual encontrará a quien busca si cree en el universo. El universo es una gran red social. Todos tenemos amigos en común. Colorín colorado.

El niño observado

 

Siempre me pregunto cómo habrá sido la infancia de aquellos que la vivieron en dictadura. Un día, conversando con un amigo que nació en los setenta, hablamos de esto. Él me dijo que a menudo le pasa eso de tener que preguntar por fechas de cumpleaños familiares, por ejemplo, porque en su casa solía pasar eso de anular los recuerdos, cualquiera que sea. Algo así como una cultura de “mejor no recordar”, o “mejor no preguntar”.
Ese día le pedí que me prestara cuadernos escolares o revistas, o cualquier cosa que hable -de algún modo- de su niñez.
Él buscó y encontró apenas unos boletines y unas fotos. Y me aclaró que los cuidara porque era lo único que le quedaba de esa etapa.
Con sus tesoros, yo hice un collage. Porque me parece que es obligatorio preguntarse por esas épocas, construir desde los recuerdos, vivir con memoria. Esta obra se llama “El niño observado. Memorias de la educación en los setenta” y se lo hice a mi amigo, con mucho cariño.

“OBSERVADO por no acatar las órdenes”, “OBSERVADO en formación”, “OBSERVADO por indisciplina”, “OBSERVADO por permanecer en el aula durante el recreo”, “OBSERVADO por libreta sin firmar”.

los niños crecen ( y otras cosas también)

Con Annita nos encanta jugar a la bibliotecaria. El otro día, en pleno acting, pidiéndole que buscara en su repisa algún libro de poesía, se acordó: “¿te acordas del poema que te hice de las hormigas?, voy a hacerte otro ahora”. Ok, dije. Mientras, me pedía que no la mire y en un minutito ( así tan apresurada como es ella) me dio esta hoja.
Esto de que el sol crece me volvió loca. ( sepa entender lector, le pifió la C, pero la nena tiene seis años).

Emi y el mismo amor

Emi interrumpe nuestra charla. La abuela me dice que así siempre. Que se le pone encima y que camina -sin moverse- sobre ella. Que es la manera que tienen los gatos de marcar territorio, de demostrar el amor. Nosotras seguimos hablando, el cuerpo de la abuela inmóvil, cruzado de brazos. Se da cuenta que le saco la foto. Sonríe. No soy celosa de la gata, creo. Las dos la sabemos querer. No habría otra manera de encontrar el amor más que cerca de su corazón. Qué animal más afortunado, pienso. Mientras suena la tele a todo volumen, la gata reposa sobre su pecho y nos mira atentas. También conversa a su manera. Para Emi la abuela es todo. Para mí también.

Del recuerdo de abril

Hace más de cinco años que no vimos más a Horacio. Trabajaba en la oficina. Era compañero de mamá desde jovencitos, cuando empezaron en la otra empresa. Él había comenzado haciendo trámites, justo cuando se lo llevaron a Malvinas. Yo siempre hablaba con Horacio del tema y le dolía mucho. Me contaba de la esquirla que le había quedado en la rodilla, del compañero que murió por salvarlo a él, de la comida que era escasa, de las cartas que le mandada a los compañeros de la oficina, de los chocolates que nunca llegaban. Cada vez hablábamos de los kilos que había perdido, “era piel y hueso” decía sobre su regreso a Campo de Mayo y de los compañeros con los pies congelados. Me hablaba siempre también de su madre y del gran disgusto. Delante de él me daba vergüenza quejarme del tonto frío de Buenos Aires. Las últimas veces me había contado que tenía pensado escribir un libro junto con los compañeros camada 63 con los que frecuentaba en un club de La Paternal. Él decía que sólo ellos sabían de lo que hablaba. Siempre respondía mis preguntas, fumaba mucho, muchísimo; hablaba de su hija con orgullo y era fanático de Boca y de Mar del Plata.
Un día Horacio no vino más. Sin aviso. Y yo creo que le dolía mucho todo. Le dolía el recuerdo , el presente. Un día apagó el celular y no supimos más nada. Nunca nos dijo dónde estaba y el porqué de su decisión. Entiendo, no tenía que darle explicaciones de nada a nadie.
Todavía guardo una copia de esa carta en la que le escribía desde la isla a mamá y a sus compañeros de oficina: decía que iba a volver pronto, que lo esperen, que estaba entusiasmado porque iba a viajar en barco, que era el único medio de transporte que le quedaba por conocer.
Espero cruzarlo algún día y decirle gracias. Espero que esté mirando el mar junto a su hija, que haya encontrado el lugar cálido en su vida. Espero que haya escrito ese libro y que esté fumando menos, por su salud. Y deseo que ojalá le esté doliendo mucho menos todo.
Me acuerdo de Horacio a menudo, pero mucho más los 2 de abril. Y ahí yo sé que me equivoco: a Horacio y a todos nuestros héroes los debemos abrazar todos los días.

naranjú

solamente una vez
me enamoré del verano:
eran las tardes donde
gobernaban las chicharras
bajo el silencio de las doce.
mi hermana y yo esperábamos
en el balcón quemado
la seña de la vecina de enfrente
para cruzar su patio.
esa pelopincho era nuestro
pequeño oasis y
bajo el canto de los bichos
invisibles
éramos sirenas
insaciables.
pero el verano me dolía,
marcaba mi piel sin cuidado,
todo el tiempo
hacía sangrarme de agua dulce
la frente
mientras
la boca se nos pintaba
del naranjú del mismo sabor.
sin embargo
yo creía en el sol
y era feliz mientras las olas
de nuestros ruidos
opacaban ese coro de chicharras
que anunciaba la estación.
lo del verano y mi cuerpo
fue amor
de esos que queman
y resisten bajo los hielos de colores.
de esos que esperan
el llamado de las muecas
para cruzarse de vereda,
de los que resisten
aun en la piel sangrada.
ahora
quema el balcón
e inevitablemente
vuelven sus restos,
aparecen las sirenas
se opacan las chicharras
otra vez,
acá la boca se me hace
de hielo dulce
y me vuelvo a enamorar.
siempre
me termino rindiendo
ante el recuerdo del sol.

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Hotel Plaza

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Hotel plaza
frente a la plaza
de Santiago de Cuba
la ciudad próxima a Guantánamo
esa
la del calor insoportable.

Las paredes del Hotel Plaza
huelen a un par de negros con son
-con sal-són-
y yo cuido la temperatura
que tu débil levantó
la mañana de la ventana.

Tu cuerpo no merece sufrimiento
si afuera suenan los tambores
y un par de niños
-todos felices aquí-
mientras
te mueves en esa cama
de los años setenta sin cambiar.

En la plaza
esperan los copos de azúcar
el sabro-són.
La fiesta de Santiago merece
la libertad de tus ojos.

El Hotel Plaza
tiene en sus oídos
y en su colchón
al turista pendiente.

La ciudad del calor insoportable
siente tu fiebre
y nos encuentra al compás
mirando por la ventana.