El niño observado

 

Siempre me pregunto cómo habrá sido la infancia de aquellos que la vivieron en dictadura. Un día, conversando con un amigo que nació en los setenta, hablamos de esto. Él me dijo que a menudo le pasa eso de tener que preguntar por fechas de cumpleaños familiares, por ejemplo, porque en su casa solía pasar eso de anular los recuerdos, cualquiera que sea. Algo así como una cultura de “mejor no recordar”, o “mejor no preguntar”.
Ese día le pedí que me prestara cuadernos escolares o revistas, o cualquier cosa que hable -de algún modo- de su niñez.
Él buscó y encontró apenas unos boletines y unas fotos. Y me aclaró que los cuidara porque era lo único que le quedaba de esa etapa.
Con sus tesoros, yo hice un collage. Porque me parece que es obligatorio preguntarse por esas épocas, construir desde los recuerdos, vivir con memoria. Esta obra se llama “El niño observado. Memorias de la educación en los setenta” y se lo hice a mi amigo, con mucho cariño.

“OBSERVADO por no acatar las órdenes”, “OBSERVADO en formación”, “OBSERVADO por indisciplina”, “OBSERVADO por permanecer en el aula durante el recreo”, “OBSERVADO por libreta sin firmar”.

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los niños crecen ( y otras cosas también)

Con Annita nos encanta jugar a la bibliotecaria. El otro día, en pleno acting, pidiéndole que buscara en su repisa algún libro de poesía, se acordó: “¿te acordas del poema que te hice de las hormigas?, voy a hacerte otro ahora”. Ok, dije. Mientras, me pedía que no la mire y en un minutito ( así tan apresurada como es ella) me dio esta hoja.
Esto de que el sol crece me volvió loca. ( sepa entender lector, le pifió la C, pero la nena tiene seis años).

Emi y el mismo amor

Emi interrumpe nuestra charla. La abuela me dice que así siempre. Que se le pone encima y que camina -sin moverse- sobre ella. Que es la manera que tienen los gatos de marcar territorio, de demostrar el amor. Nosotras seguimos hablando, el cuerpo de la abuela inmóvil, cruzado de brazos. Se da cuenta que le saco la foto. Sonríe. No soy celosa de la gata, creo. Las dos la sabemos querer. No habría otra manera de encontrar el amor más que cerca de su corazón. Qué animal más afortunado, pienso. Mientras suena la tele a todo volumen, la gata reposa sobre su pecho y nos mira atentas. También conversa a su manera. Para Emi la abuela es todo. Para mí también.

Del recuerdo de abril

Hace más de cinco años que no vimos más a Horacio. Trabajaba en la oficina. Era compañero de mamá desde jovencitos, cuando empezaron en la otra empresa. Él había comenzado haciendo trámites, justo cuando se lo llevaron a Malvinas. Yo siempre hablaba con Horacio del tema y le dolía mucho. Me contaba de la esquirla que le había quedado en la rodilla, del compañero que murió por salvarlo a él, de la comida que era escasa, de las cartas que le mandada a los compañeros de la oficina, de los chocolates que nunca llegaban. Cada vez hablábamos de los kilos que había perdido, “era piel y hueso” decía sobre su regreso a Campo de Mayo y de los compañeros con los pies congelados. Me hablaba siempre también de su madre y del gran disgusto. Delante de él me daba vergüenza quejarme del tonto frío de Buenos Aires. Las últimas veces me había contado que tenía pensado escribir un libro junto con los compañeros camada 63 con los que frecuentaba en un club de La Paternal. Él decía que sólo ellos sabían de lo que hablaba. Siempre respondía mis preguntas, fumaba mucho, muchísimo; hablaba de su hija con orgullo y era fanático de Boca y de Mar del Plata.
Un día Horacio no vino más. Sin aviso. Y yo creo que le dolía mucho todo. Le dolía el recuerdo , el presente. Un día apagó el celular y no supimos más nada. Nunca nos dijo dónde estaba y el porqué de su decisión. Entiendo, no tenía que darle explicaciones de nada a nadie.
Todavía guardo una copia de esa carta en la que le escribía desde la isla a mamá y a sus compañeros de oficina: decía que iba a volver pronto, que lo esperen, que estaba entusiasmado porque iba a viajar en barco, que era el único medio de transporte que le quedaba por conocer.
Espero cruzarlo algún día y decirle gracias. Espero que esté mirando el mar junto a su hija, que haya encontrado el lugar cálido en su vida. Espero que haya escrito ese libro y que esté fumando menos, por su salud. Y deseo que ojalá le esté doliendo mucho menos todo.
Me acuerdo de Horacio a menudo, pero mucho más los 2 de abril. Y ahí yo sé que me equivoco: a Horacio y a todos nuestros héroes los debemos abrazar todos los días.

naranjú

solamente una vez
me enamoré del verano:
eran las tardes donde
gobernaban las chicharras
bajo el silencio de las doce.
mi hermana y yo esperábamos
en el balcón quemado
la seña de la vecina de enfrente
para cruzar su patio.
esa pelopincho era nuestro
pequeño oasis y
bajo el canto de los bichos
invisibles
éramos sirenas
insaciables.
pero el verano me dolía,
marcaba mi piel sin cuidado,
todo el tiempo
hacía sangrarme de agua dulce
la frente
mientras
la boca se nos pintaba
del naranjú del mismo sabor.
sin embargo
yo creía en el sol
y era feliz mientras las olas
de nuestros ruidos
opacaban ese coro de chicharras
que anunciaba la estación.
lo del verano y mi cuerpo
fue amor
de esos que queman
y resisten bajo los hielos de colores.
de esos que esperan
el llamado de las muecas
para cruzarse de vereda,
de los que resisten
aun en la piel sangrada.
ahora
quema el balcón
e inevitablemente
vuelven sus restos,
aparecen las sirenas
se opacan las chicharras
otra vez,
acá la boca se me hace
de hielo dulce
y me vuelvo a enamorar.
siempre
me termino rindiendo
ante el recuerdo del sol.

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Hotel Plaza

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Hotel plaza
frente a la plaza
de Santiago de Cuba
la ciudad próxima a Guantánamo
esa
la del calor insoportable.

Las paredes del Hotel Plaza
huelen a un par de negros con son
-con sal-són-
y yo cuido la temperatura
que tu débil levantó
la mañana de la ventana.

Tu cuerpo no merece sufrimiento
si afuera suenan los tambores
y un par de niños
-todos felices aquí-
mientras
te mueves en esa cama
de los años setenta sin cambiar.

En la plaza
esperan los copos de azúcar
el sabro-són.
La fiesta de Santiago merece
la libertad de tus ojos.

El Hotel Plaza
tiene en sus oídos
y en su colchón
al turista pendiente.

La ciudad del calor insoportable
siente tu fiebre
y nos encuentra al compás
mirando por la ventana.

Praga

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I

Sueño República Checa
a tu mano
veo el castillo
unicornios a tu galope.
No sé si vuelvo
o me esfumo
congelada.

(Allá en la ventana tus guantes queman).

Checa
sólo me huele
a cenizas
armaduras
ladrillos de
plomo.

(En tus guantes veo nacer la muralla).

II

Praga
sueña
la soberanía de tu corona.

Allí no hay lugar para
el viento
que me rodea.

Sobre un encuentro lunar

Hace tiempo que el cielo ya no es el mismo. Será que la luna calma las tormentas. Las tormentas tampoco son las mismas; el cielo no es el mismo desde la llegada de “Lunar”. Ahí andan mis libritos, escondidos en una caja cubierta para que no se llenen de polvo. De vez en cuando, saco a algunos a pasear por el universo. Ayer, por ejemplo, nos subimos a un subte camino al encuentro con Carolina. Ella, dio a luz a su poemario “La resistencia de la luna” hace muy poco y sin conocerla le propuse un intercambio de libros. Algo así como un trueque de lunas. Después de todo, pensé, ella, como yo, debe levantarse todos los días en busca de esa luz, que se asoma tras el patio o la ventana, en una súplica del sanar.

Fue fugaz. Como las estrellas azules. Nuestro encuentro fue entre medio del hastío de la ciudad, donde a veces no hay lugar para escapar de la tormenta. Pero siempre se encuentra el hueco. Nadie en este mundo puede tener la culpa de que sea así.

Bajé al subte otra vez, quizás buscando la raíz sin encontrarla. Es que ya no hay lugar que habite/ más que a mí misma, y me sumergí en sus palabras de resistencia. Después de todo ¿dónde no resistir si no en la palabra? Y pude leerme en sus páginas. Estaba la noche y su misterio, estaban las lunas de los advenedizos. Había gatos, lobos, el amor con el dolor del miedo a perder. En la resistencia de su luna me encontré con los martillos y la sangre, con los espejos.

La piel que ha dejado puesta a secarse en algún rincón de tu cuarto. Allí también estaba mi piel. Y estaban los cuerpos fríos y el abrazo que consuela, ese no quiero que te vayas, la música que queremos que suene cuando venga la muerte. Porque siempre será la pregunta ¿y si todo termina y si alguien apaga las luces del cielo? Ahí estará la palabra, en la manera de aullar bajo la luna. Ahí en el encuentro lunar, donde siempre será nacer. Despertar.

No importa el dolor. No importa porque ya no estamos solos. Porque la soledad es una manera de sanar pero está además la luna y estará allí siempre la palabra. Y mirando la luna, todo lo que hiere quedará atrás.

Estoy maravillada por el eclipse, por este encuentro de ciudad en pleno cielo.

Gracias Carolina, por tu brillo libro. Por recordar que no se puede detener el mundo/ pero sí se puede resistir.

Allí estaremos siempre, en el bosque, ansiando la luna azul, soñando en la escritura. Sacando los libros de las cajas. Resistiendo.

Gracias por enseñarme tu luna, que no es más que la calma en la tormenta.

Seremos siempre poderosas con la palabra en la mano.

 

La resistencia de la luna, Carolina Giollo. Huesos de Jibía, 2015.
La resistencia de la luna, Carolina Giollo. Huesos de Jibía, 2015.

 

 

 

Melodía de otoño

Mi ventana gris
y el árbol de enfrente.

Junio es un puñado de vacíos
que canta tu nombre
todas las mañanas.

Susurra el otoño
con la esperanza tibia
de encontrar tu hueco
para calmar el paisaje
de todos los árboles
grises
de tanto crujir.

Las hojas de abril
llueven en mi ventana
gris
pero la calma se hace canción
siempre tu nombre
siempre en otoño.